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Después
de unos años trabajando sobre esta enfermedad, pienso que
podría ser de utilidad agregar algunas consideraciones sobre
el tema.
Quisiera comenzar por el testimonio actual de la misma paciente
cuyo escrito pudo leerse en la primera parte. |
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“El
camino, reconociendo el terreno”. |
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En
estos últimos meses parece que todo se estuviera acomodando
en mí. Me refiero a las cuestiones emocionales, al reconocimiento
de las limitaciones y los obstáculos reales e inconscientes
con los que tropezaba una y otra vez.
En el transcurso del tratamiento con L., siento como si el camino
se hubiera despejado.
He logrado pasar largos períodos sin dolor, sin estropearme
el estómago con analgésicos.
En los últimos seis meses tuve solamente tres o cuatro episodios
agudos.
Estas crisis eran como las que sufrí durante años
y a diario. Estaba prácticamente pseudoimpedida: dolores
paralizantes en todas las partes blandas de mi cuerpo, sensación
de estado gripal, mi rostro se empalidecía y aparecían
tremendas ojeras: esto me llevaba a meterme en la cama, con analgésicos
que a veces me calmaban. Pero yo sabía que estaba allí,
sordo y amenazante, quedaba sin fuerzas, fatigada hasta no poder
subir las escaleras de mi casa, en las mañanas al salir de
mi cama sentía rigidez en todo el cuerpo. Tampoco al acostarme
se me pasaba el dolor, de manera que estaba como en un callejón
sin salida. Aparecía consecuentemente la angustia y la depresión.
Mi cuerpo era como de cristal, no podía llevar el ritmo vital
de otros tiempos. Esto repercutía en mis vínculos
más cercanos y en mi vida de relación con otras personas.
Vivía recluida y con la sensación de que no había
vuelta atrás. |
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¿Qué
pasó en los últimos meses?
A través de la terapia y recorriendo un trayecto sobre mi
vida, mis pensamientos y sentimientos (positivos y negativos), sentí
que podía abrir determinadas puertas para salir de esto.
Me animé y empecé a practicar probando distintas disciplinas
relacionadas con el cuerpo: gimnasia suave, elongaciones, yoga (no
todos los ejercicios), tai-chi, reiki, biodanza y caminatas (todo
empezando de a poco y aumentando los ejercicios semana a semana).
Fui encontrando en todo esto cuáles eran los ejercicios que
me hacían bien y los repetía en mi casa. Tomé
un poquito de cada práctica y encontré lo que me beneficiaba. |
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¿Qué
descubrí?
Comenzamos a analizar minuciosamente qué sucedía antes
de cada crisis de dolor. Tengo que estar muy atenta a esto y hemos
encontrado: contrariedades, broncas, tristezas, competencia... |
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¿Qué
hago ahora frente al dolor?
Primero pienso qué hice o qué pasó.
Trato de serenarme con respiraciones y hago baños de inmersión
en agua y sal gruesa.
Un día descubrí, en plena crisis de dolor agudo y
generalizado (descripto más arriba), y pensé:
“No me voy a meter en la cama, (recuerdo que estaba sentada
en un sillón del living de mi casa)”
¿Y si hago los ejercicios de elongación?, me dije.
Los hice suavemente, respirando con lentitud. Oh!, sorpresa, el
dolor comenzó a desaparecer al igual que la angustia. Me
sentí más fuerte, como nueva.
Lo importante para mí es el “darse cuenta”, cuidar
nuestro cuerpo, descansar un par de horas, no hacer esfuerzos, bajar
las ansiedades, saber esperar”
G.
29/12/2003” |
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La
paciente cuyo testimonio pudo leerse llegó a mi consulta
tras un padecimiento a lo largo de más de 20 años
en el curso del cual inclusive fue operada de una hernia de disco
provocada, según mi criterio, por sostenidas contracturas
que fueron afectando la columna vertebral. No es el único
caso con estas características, pero sin duda fue su decisión
y constancia con su tratamiento lo que la ayudó a dejar atrás
el diagnóstico de “enferma de fibromialgia”. |
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Considero
que un objetivo fundamental a lograr,(de hecho ha sucedido con una
cantidad considerable de pacientes), es levantar dicho diagnóstico
alrededor del cual se va armando la vida de una persona y que llega
a constituirse en una IDENTIDAD, para pasar a considerarse una
persona con tendencia a las contracturas que entiende
por qué y en qué momento aparecen y qué hacer
para aliviarse. |
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